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Por: Adriana Puleo
Fotografías: Adriana Puleo
Con un café doble en las manos, Juan Luis Concepción se mueve de un lado al otro en el Laboratorio de Enzimología de Parásitos.
Es investigador y profesor de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Los Andes, pero en los últimos años ha tenido que aprender de todo: desde relaciones públicas hasta cómo cultivar rábanos picantes en tierras andinas, un ingrediente esencial en la elaboración del kit de diagnóstico para el Mal de Chagas, Cruzi-Elisa, que no se producía hasta el momento en Venezuela.
En 2006, Concepción pudo saborear por primera vez el éxito cuando salió airoso de la primera prueba piloto del kit. Fueron muchos días y noches las que pasó en los mesones de cemento del laboratorio y frente a los más modernos instrumentos de bioinformática, donde con tecnología de vanguardia concibió al Cruzi-Elisa con precisión molecular. Un montón de años más habían pasado desde que conoció el sufrimiento de los pacientes de Chagas, siendo un adolescente, en un viaje que hizo al llano con su padre y que marcó el origen del gran proyecto de su vida.
Lo que poco se imaginaba Concepción, es que el camino apenas comenzaba si, como era el caso, deseaba que su invento se transformara en una verdadera solución para los más pobres de Venezuela. Allí es donde el trabajo del Parque Tecnológico de Mérida fue decisivo: comenzaron las reuniones con diseñadores industriales, diseñadores gráficos y comunicadores sociales.
Escuchó decenas de experiencias exitosas de la gestión de la innovación y la tecnología. También recibió acompañamiento en la conformación de equipos interdisciplinarios para impulsar un estudio epidemiológico en varias regiones de Venezuela. “Desde ese chinchorro que ves allí –Concepción señala una hamaca que cuelga del laboratorio– se ven los mejores amaneceres”.
Fábricas de bienestar
El Parque Tecnológico tiene 18 años fomentando y gestionando actividades como la de Juan Luis Concepción. Sus inicios, sin embargo, están un poco más atrás, en la inventiva de un grupo de profesores de la Facultad de Ciencias de la ULA.
Juan Puig, emigrante argentino y padre de la biología molecular en Venezuela, fue uno de ellos. “La idea era hacer en Venezuela, un país sin tradición tecnológica, alguna cosa mejor que nadie”.
Fue así como comenzó un proyecto llamado Fábrica de fábricas, con la pretensión de desarrollar productos de la inventiva de profesores y estudiantes. En 1991, el proyecto inicial se convirtió en la empresa universitaria Centro de Innovación Tecnológica (Citec ULA), que logró manufacturar instrumentos para la traumatología y el quehacer científico e industrial. Poco tiempo después nació el Parque Tecnológico de Mérida, con una figura jurídica independiente a la universidad y una estructura organizacional más flexible.
Hacia finales de los noventa, se sumó al Parque Tecnológico otro eje de Investigación y Desarrollo (I + D): el Centro de Teleinformación, el cual impulsaba el emprendimiento de ideas para el desarrollo y la democratización de la ciencia, apoyadas en el potencial de Internet.
A través de este centro, la Universidad de Los Andes fue la primera casa de estudios de Venezuela con acceso a la red, en tiempos que nadie a ciencia cierta conocía su importancia. También contaron con un centro de supercomputación para la investigación científica y con el primer Repositorio Institucional de Venezuela, Saber ULA (www.saber.ula.ve); que actualmente cuenta con más de 20 mil documentos de libre acceso en la web.
Otros que también “se la jugaron”
Historias como las de Juan Luis Concepción, con toques personales e impactos muy diversos, se encuentran en las oficinas del Parque Tecnológico de Mérida. Sentados en un mesón de una pequeña oficina del piso 3, se reúne los jueves por la tarde un peculiar equipo en el contexto de un parque tecnológico: el Grupo de Tecnologías Educativas (GTE). Sus miembros son científicos y humanistas con más de 15 años de experiencia desarrollando estrategias de educación que buscan sembrar la semilla de la cultura tecnológica en niños y adolescentes.
En los últimos años, el GTE se ha enfocado en la producción de programas y micros divulgativos para radio, un medio de comunicación con alta penetración en Mérida. Son realizados en su mayoría por niños y adolescentes, formados por el grupo para recrear con su voz historias que despiertan curiosidad por conocer.
“Sabemos que para lograr una mejor calidad de vida, es esencial el desarrollo de capacidades”, dice Gilliam Aguirre, desde otra trinchera: el Centro de Innovación y Modernización Empresarial, dedicado a fortalecer emprendimientos empresariales y a fomentar la productividad de las empresas.
Organización para comenzar
Elizabeth Villarreal trabajó por primera vez como pasante en el Parque Tecnológico, cuando tenía 17 años. Muy pronto, comenzó a entender el arte del desarrollo de los sitios web, como parte del equipo de Saber ULA.
Seis años después quiso buscar un nuevo rumbo. Participó en proyectos de base tecnológica en el sector industrial y tributario. Consiguió, incluso, un escalafón como consultor en el desarrollo de software.
En diciembre de 2009, decidió crear su propia empresa dentro de la Incubadora de Empresas del Parque Tecnológico. Regresó al mismo edificio que conoció tan bien en su primer trabajo. “Sigo siendo de la familia.
Solo que ahora me toca asumir un papel aún más retador. A veces tengo miedo a la incertidumbre, pero estoy decidida, porque esto es lo que quiero”.
Para el Parque Tecnológico, son 18 años ganándole a la incertidumbre. “Hacia adentro, nos vemos como un equipo de emprendedores que facilitan los emprendimientos externos. Los fracasos nos han dado oportunidades para aprender y construir éxitos”, dice Genry Vargas -cofundador y presidente del Parque Tecnológico- de las más de 130 personas que son miembros del parque. “Somos, seguimos siendo, una fábrica de fábricas”.
 Por: Adriana Puleo
Fotografías: Adriana Puleo
Con un café doble en las manos, Juan Luis Concepción se mueve de un lado al otro en el Laboratorio de Enzimología de Parásitos.
Es investigador y profesor de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Los Andes, pero en los últimos años ha tenido que aprender de todo: desde relaciones públicas hasta cómo cultivar rábanos picantes en tierras andinas, un ingrediente esencial en la elaboración del kit de diagnóstico para el Mal de Chagas, Cruzi-Elisa, que no se producía hasta el momento en Venezuela.
En 2006, Concepción pudo saborear por primera vez el éxito cuando salió airoso de la primera prueba piloto del kit. Fueron muchos días y noches las que pasó en los mesones de cemento del laboratorio y frente a los más modernos instrumentos de bioinformática, donde con tecnología de vanguardia concibió al Cruzi-Elisa con precisión molecular. Un montón de años más habían pasado desde que conoció el sufrimiento de los pacientes de Chagas, siendo un adolescente, en un viaje que hizo al llano con su padre y que marcó el origen del gran proyecto de su vida.
Lo que poco se imaginaba Concepción, es que el camino apenas comenzaba si, como era el caso, deseaba que su invento se transformara en una verdadera solución para los más pobres de Venezuela. Allí es donde el trabajo del Parque Tecnológico de Mérida fue decisivo: comenzaron las reuniones con diseñadores industriales, diseñadores gráficos y comunicadores sociales.
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